13/07/2015

Los hielos de Groenlandia


Tara salió de Akureyri, Islandia, el pasado jueves, pero sólo habrá podido efectuar una ida y vuelta rápida a Groenlandia. La gran isla-continente no abre todavía el paso a sus costas, donde nos esperan los científicos del Grupo de Investigación en Ecología Ártica (GREA), promotores de la misión Ecopolaris, un estudio de las aves que viven en esta aislada región polar.

Al igual que hace once años, Etienne Bourgois y Jean Collet están a bordo después de haberse reunido con la goleta en Islandia. En 2004, Tara ya estaba en misión en la misma costa de Groenlandia, llevando a Olivier Gilg y Brigitte Sabard, dos expertos franceses de los ecosistemas árticos. Esta vez, en Akureyri, los dos ornitólogos sólo dejan su equipaje a bordo antes de volar a Constable Pynt , una pequeña pista de aterrizaje en la costa Este groenlandesa. Tara traza entonces una ruta al Norte para encontrarse con ellos.

Tras una navegación agitada, debemos zigzaguear  entre los primeros trozos de banquisa, a 80 millas de la costa. Atravesamos luego una segunda barrera de hielo. La tercera es más resistente; El fiordo de Scoresbysund, que parecía abierto en los mapas satelitales de la NASA, está completamente cerrado,  los fuertes vientos del Norte han empujado el hielo hacia la tierra. El forcejeo con los gigantes bloques de hielo sale a favor de de los elementos, máxime cuando se pronostican vientos del noreste de 35 a 40 nudos.

Por obvias razones de seguridad, el capitán Martin Hertau, Etienne Bourgois y Jean Collet, deciden regresar a Islandia. El viernes 10 de julio,  a las 19:00 horas, después de un zigzagueo en un frío glacial a través de numerosos bloques de hielo, Tara se encuentra de nuevo a salvo en mar abierto.
Binoculares en mano y vigía en el mástil, la goleta se enrumba al Sur. En Constable Pynt, el cambio de plan afecta el ánimo de Brigitte y Olivier quienes esperan a Tara. Los datos meteorológicos no anuncian la apertura de una ventana de buen tiempo antes de 3 ó 4 días. Sin embargo,no hay nada dramático en la situación polar de este año: el predominio de los vientos del norte durante semanas ha empujado el hielo al Sur; Hasta la costa Oeste del continente se encuentra todavía en las garras del hielo.

Domingo 12 de julio, 22:00 horas: luego de una navegación con viento a favor, Tara atraca en Akureyri. Sólo nos queda esperar una evolución favorable para zarpar de nuevo rumbo al Este de Groenlandia.

Dino Di Meo

09/07/2015

Escala en Islandia, siguiendo a las ballenas


Lunes 6 de julio: entramos en el fiordo de Akureyri, segunda ciudad de Islandia. Una escala de algunos días nos permitirá el relevo de la tripulación. En esos paisajes espectaculares de hielo y fuego, observar la fauna marina se ha vuelto una parte significativa de la economía turística. Las aguas frías y oxigenadas de las costas islandesas que se cargan de krill, arenques y plánctones se convierten entonces en la alacena de numerosos mamíferos marinos. De mayo a septiembre, más de doce especies de ballenas y cachalotes se reúnen en esas aguas ricas en nutrientes, para el beneficio de los científicos y turistas que los pueden observar de cerca. Y nosotros también: tenemos el privilegio de poder contemplar el ballet de una ballena jorobada saltando a algunos metros de la costa.

La jorobada, con sus 15 metros y 25 toneladas, es una de las especies de ballenas más comunes en Islandia. Llegando de las aguas calientes del Caribe donde pasaron el invierno, esas ballenas se adentran en los fiordos para alimentarse. Absorbiendo hasta más de dos toneladas diarias de krill, ellas amasan reservas de grasa para el próximo invierno. Su curiosidad ante los barcos las hicieron presas fáciles de los balleneros pero facilita hoy en día la observación científica. Las particularidades de su aleta caudal, tal como huellas digitales, permiten seguir y cuantificar esos individuos y sus migraciones.

Al norte de Akureyri, la ciudad de Husavik alberga varios centros de observación de las ballenas y atrae miles de turistas cada año. Se incita a que los visitantes manden a los científicos locales, las fotografías que toman para abonar una base de datos sobre la población local de ballenas. Esos estudios visuales se completan, gracias a los hidrófonos, con la grabación subacuática del canto de esas ballenas que llegan a vocalizar varios días seguidos. El profesor Herve Glotin de la universidad de Toulon,  quien ha facilitado la instalación de un hidrófono a bordo de Tara, investiga esos cantos en el marco del proyecto Baobab. Las sesiones de grabación en las costas de Madagascar que han permitido el análisis de las poblaciones de ballenas en mares del Sur, podrán así complementarse con las grabaciones que realizará Tara en su misión en Groenlandia.

La relación entre Islandia y las ballenas es sin embargo un tema de discusión en la escena internacional. El país acaba de lanzar hace algunos días una campaña de caza de ballenas: una pesca comercial tradicional prohibida en 1986 por la Comisión Ballenera Internacional (CBI), que Islandia ha reanudado desde el 2006. Con Noruega y Japón, Islandia es uno de los últimos países que rechaza el moratorio de la CBI. La campaña 2015 de Islandia fija una cuota de 154 rorcuales y 229 ballenas de Minke, para conseguir una carne destinada a los turistas y la exportación a Japón, pese a un fuerte decrecimiento de la demanda.
La situación resulta paradójica para este santuario ballenero: ello pone el país en la mira de los organismos internacionales, en espera de que la opinión pública logre modificar las prácticas tradicionales.

Pierre de Parscau



03/07/2015

Entre islas, hacia las Feroe


Rumbo a Groenlandia, Tara entra en las latitudes altas al ritmo del océano que golpea el casco y  zarandea los pasajeros. Atrincherados en sus paredes de aluminio, ellos adoptan actitudes casi isleñas. La navegación impone un ritmo de vida colectiva sincronizada entre proa y popa, un espacio reducido donde la vida se organiza según nuevos hábitos, códigos y horarios. Un ritmo puntuado por los turnos de noche, de tres a cuatro horas, compartidos entre marineros y pasajeros.

Tara parece sonar de modo diferente bajo la luna o la lluvia. Mantener el rumbo, controlar los motores, vigilar el tráfico marítimo y las maniobras, son unos de los tantos imperativos para que la tripulación pueda dormir segura. Encuentros furtivos de noctámbulos en el pasillo o en la cocina, intercambio de recomendaciones de un vigilante a otro, deleite del regreso al camarote por unas horas antes del próximo turno, siempre diferente del anterior. Adaptarse requiere de una disciplina personal; Más allá de las obligaciones de cada puesto de trabajo, de las tareas colectivas y de las horas de las comidas, la tripulación combina la singularidad de esta navegación con la rutina diaria.

Hace cinco días que hemos dejado las costas francesas; Divisamos ahora las siluetas de las islas Orcadas, con unos reflejos verde claro que no habíamos visto desde el Sena. La tripulación desfila en proa para descubrir esas sorprendentes praderas donde los binoculares nos permiten escudriñar las ruinas de una casa de piedra y el techo de un redil. La vegetación parece haber capitulado ante los largos inviernos lluviosos y la embestida del viento. A estribor, la isla de Eday enseña su unico arbol, que es, de hecho, el mastil de una eólica. Una extraña plataforma llama la atención: la base de una turbina hidrocinética en curso de instalación.
Acantilados, montañas cubiertas de nubes, un teatro de sombras sobre mesetas de hierba: las Orcadas nos brindan una bella recompensa después de unas horas algo turbulentas.

Pierre de Parscau

29/06/2015

Zarpe

05:00, zarpe en el lecho del Sena cubierto de una sabana de neblina. Bajo un cielo anaranjado, Tara progresa en una banquisa de vapor. Dejamos Rouen todavía adormecida, pasamos Tancarville, el Puente de Normandía, le Havre. Primer izar de velas para una tripulación que descubre la coordinación de la maniobra. Pronto, la línea blanca de los cantiles de Normandía desaparece en el horizonte. Solo queda una mar color gris antracita. Rumbo a Akureyri, Islandia.

Pierre de Parscau

Pierre de Parscau

26/06/2015

Tara entra en e-Sena





Después de doblar el Raz Blanchard contra las corrientes, escoltado por escuadrillas de alcatraces comunes, Tara pernocta en un extraño mar planchado, con el único suceso del encuentro entre la proa y una nasa de pescador. El amanecer es un levantar de telón, la desembocadura del Sena todavía ahogada en la neblina. Tara se hace pequeño al cruzar petroleros de 110 metros en la boca del puerto del comercio. El alba en Le Havre cobra matices de estampa. Al encuentro entre mar y río, la corriente arrecia hasta alcanzar 2,5 nudos; Therese y Brigitte, nuestros dos motores, deben  correr a 1200 revoluciones para ganar la lucha.

Al adentrarnos en el embudo del río, resulta irresistible subir al mástil para contemplar la línea del puente de Normandía. Tres de los pasantes de la base parisina de Tara, embarcadas en Roscoff, se turnan en las barras  altas del mástil para disfrutar del espectáculo, colgadas a 25 metros de altura. El azul marino se hace verde tierno, los cantiles de Cotantin dejan lugar a relieves calcáreos. Un telón de fondo bucólico para el placer de nuestro casco de aluminio deslizándose en agua dulce. Progresamos hacia Rouen, queriendo respetar el horario de paso debajo del puente Gustave Flaubert, previsto antes de la noche. Los meandros del Sena favorecen los encuentros y saludos desde las riveras por ciclistas y peatones, quienes notan nuestra extraña diferencia de las barcazas.

Tara atracará en los muelles del centro-ciudad, mezclando sus dos mástiles anaranjados a los 100 campanarios erectos en el cielo de Rouen. La tripulación aprovechará el ocaso para explorar la ciudad antes de un día en el cual esperamos cientos de visitantes.

Pierre de Parscau