14/11/2016

Juventud del fin del mundo


Ella lleva 3 días nos observándonos desde lo alto del relieve, una lengua de vegetación perdida al noroeste de las islas Cook. Visto desde Tara anclado en la entrada de la laguna, Aitutaki tiene cara  de un escondite al fin del mundo. Para descubrir la vida en tierra, uno debe ir más allá de la calle principal desierta, y seguir una ruta familiar: el camino a la escuela.

Un amplio pasto tiene lugar de patio de recreo, las aulas están abiertas al exterior, una cancha de tenis mojada. En los altos de Aitutaki, la escuela podría parecerse a un campus tropical. En las terrazas protegidas de las lluvias, el inglés se mezcla con el maorí, al filo de las conversaciones y de las clases. Kimi ajusta una flor de tiaré en su cabello,  cuando le pregunto para orientarme. Con una gran sonrisa, ella empieza a enseñarme su escuela.

“Todos aquí estamos vinculados, hermanos, primos o sobrinos, todo el mundo se conoce desde siempre; No te puedes desplazar en la isla sin que alguien te grite “kaiman” (ven por aquí) y te invite a su casa”.
A través de las persianas de plástico, desfilan las caras de los niños en sus aulas. Clases de dibujo, de cocina, de música… Los trabajos manuales tienen particular relevancia y pueden preparar para la vida activa. Kimi ha recorrido esas clases desde sus 3 años de edad y ha crecido con su generación. A los 17 años, ella llega al fin de su programa escolar en Aitutaki. Al igual que muchos jóvenes de su edad, enfrentados a la falta de perspectiva profesional, ella deberá pensar en dejar su isla si quiere seguir sus estudios y forjarse un futuro.

Pese a su atractivo turístico, la economía de Aitutaki no permite a esos jóvenes visualizar un futuro en su isla. Unos pocos hijos de pescadores y agricultores seguirán con el trabajo familiar y otros pocos podrán conseguir un empleo de funcionario, garantía de cierta seguridad.
Al entrar en el aula de carpintería nos encontramos con Leslie, 16 años, quien termina un estante hecho de madera reciclada encontrada en la playa. La maestra neozelandesa sensibiliza a sus alumnos de los efectos del cambio climático en la laguna de Aitutaki y sobre la contaminación cada vez más presente.

“La laguna se está tornando sucia, los foráneos que pasan botan a menudo sus desechos, no es su isla y entonces no les importa”.  En una de las mesas de trabajo, algunos dibujos evocan la visión de porvenir de esos niños. Ventanas abiertas, conchas dibujadas con tinta, todos ilustran un vínculo con el Pacífico. “Mi padre tiene una pequeña lancha de pesca”, cuenta Leslie. “El fin de semana él me lleva, a veces, en mar abierto o a merendar en los motu (islotes al borde del arrecife). Decidí quedarme a vivir en Aitutaki, cerca del mar. Yo no podría vivir fuera de aquí”.

Las dos amigas tienen familiares en Nueva Zelanda y se recuerdan de sus impresiones cuando descubrieron a Auckland, hace algunos años. “¡Wao! Era mi primera impresión”, se ríe Kimi. “Lo que más me sorprendió fue toda esta gente en los centros comerciales. Se podía comprar un montón de cosas baratas, mientras que aquí no se consigue nada por 2 dólares. Mi hermano se fue a vivir allá hace varios años, pero nunca ha vuelto a visitarnos. Es difícil para mi familia”.

En la cancha de tenis, una pelota saturada de agua rebota de raqueta en raqueta. En esta región del Pacífico, el deporte es una oportunidad para la juventud. Algunos niños de Aitutaki son regularmente seleccionados por entrenadores extranjeros, para ir a reforzar los equipos de rugby locales e internacionales. Una oportunidad que sin embargo les rompe el corazón a estas familias insulares y a los jóvenes quienes, como Kimi, deberán expatriarse.

“Rápidamente, me da nostalgia del país. Aquí, uno crece libre, en seguridad. Afuera, la gente vive en casas cerradas, como presos. Cuando debes salir de aquí, cuesta dejar atrás tu familia y una parte de tu vida.”

Dentro de esta juventud expatriada, algunos regresarán a Aitutaki para fundar su familia e invertir en su tierra. Para los demás, la isla será como un guardián de sus recuerdos de la niñez y de la fragancia de un paraíso perdido.

Pierre de Parscau